
Voy a empezar con una advertencia: si buscas el Drácula que da miedo, el que te hace dormir con la luz encendida, el que huele a Transilvania y a tierra mojada y a siglos de maldad acumulada, este no es tu sitio. Luc Besson lleva dos horas diciéndote que lo que tiene entre manos es, antes que nada, una historia de amor. Si te lo crees, la película funciona. Si no te lo crees, las dos horas se van a hacer largas.
Dicho esto, Besson ha conseguido algo que no es fácil con un personaje tan manoseado: sorprenderme. No con terror, sino con emoción. Y eso, con un Drácula en 2025, ya es bastante.