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jueves, 5 de marzo de 2026

Drácula (Luc Besson, 2025): cuando el amor vence al miedo... y a las comparaciones

Póster oficial con vampiro encapotado, sacerdote, princesa medieval y vampira entre castillos y nieve ensangrentada

Voy a empezar con una advertencia: si buscas el Drácula que da miedo, el que te hace dormir con la luz encendida, el que huele a Transilvania y a tierra mojada y a siglos de maldad acumulada, este no es tu sitio. Luc Besson lleva dos horas diciéndote que lo que tiene entre manos es, antes que nada, una historia de amor. Si te lo crees, la película funciona. Si no te lo crees, las dos horas se van a hacer largas.

Dicho esto, Besson ha conseguido algo que no es fácil con un personaje tan manoseado: sorprenderme. No con terror, sino con emoción. Y eso, con un Drácula en 2025, ya es bastante.

Lo que Stoker escribió y lo que el cine ha hecho con ello.-


Antes de entrar en la película, conviene aclarar algo que los críticos han ignorado olímpicamente, quizás porque complica su relato. La novela de Bram Stoker, publicada en 1897, no tiene ninguna historia de amor entre Drácula y Mina. Ninguna. El Conde es el mal puro, un depredador frío que se alimenta de los inocentes, y Mina es la prometida de Jonathan Harker, víctima y finalmente parte del grupo que destruye al vampiro. Stoker no escribió ningún amor perdido, ninguna esposa muerta, ninguna reencarnación.

Eso lo inventó Francis Ford Coppola en 1992, en su célebre adaptación. Y hay que reconocérselo: fue una idea genial que transformó al monstruo en un ser trágico. El problema es que desde entonces esa "traición creativa" de Coppola se ha convertido en canon para muchos espectadores, que creen estar viendo "la versión fiel de Stoker" cuando en realidad están viendo una reinterpretación del siglo XX.


Besson toma esa misma premisa romántica, la desarrolla a su manera y le da un enfoque más afrancesado, más opulento, más visual. Y aquí es donde quiero ser claro: las comparaciones constantes con Coppola que llenan las críticas son, como decía mi madre, odiosas. Y en este caso, además de odiosas, son técnicamente incorrectas, porque los dos directores están bebiendo de la misma fuente secundaria, no del libro original. Comparar es comparar peras con peras pintadas de distinto color.

El príncipe que le montó un cabreo histórico a Dios.-


El siglo XV. Valaquia. El príncipe Vlad II, un cristiano acérrimo que ha matado a miles en nombre de su fe, pierde a su esposa Elisabeta en una emboscada. Le pide a su obispo que interceda directamente ante Dios. Dios, que al parecer tenía otras cosas en que pensar, no interviene. Elisabeta muere. Y Vlad, en lugar de rezar con más devoción, decide romper con Dios de una manera bastante definitiva.

Vlad II en armadura ensangrentada sosteniendo una cruz dorada ante un cuerpo tendido con velas al fondo

Aquí está el núcleo filosófico de la película, y es genuinamente interesante. Para enfrentarte a Dios tienes que creer en Él. No puedes estar en contra de algo en lo que no crees. Lo que hace Vlad no es perder la fe, sino usarla al revés, convertirla en combustible para la ira. Es el creyente absoluto que se siente traicionado, no el ateo que nunca confió. Y esa distinción lo cambia todo, porque la maldición que recae sobre él no viene del diablo, viene de su propio rechazo a aceptar los términos de un contrato que él había firmado de buena fe.

La dualidad Dios-diablo que plantea la película no los enfrenta como opuestos, sino como los dos lados de la misma moneda que maneja a los humanos. Dos jefes de empresa con agendas propias y empleados que creen trabajar para el bien cuando en realidad están siendo usados por ambos. No es una idea nueva en la filosofía, pero verla encarnada en un vampiro que lleva 400 años buscando a su mujer le da una carnalidad que los tratados filosóficos no tienen.

Pareja en cámara con dosel rojo, ella con diadema medieval y él vestido de negro, mirándose muy de cerca

Caleb Landry Jones y Christoph Waltz: la película que merecían.-


Tengo que hablar de los actores, porque son lo mejor de la función. Caleb Landry Jones construye un Drácula que no intimida por su violencia, sino por su soledad. Hay momentos en los que ese personaje transmite el cansancio de cuatro siglos de existencia con una mirada, sin decir nada, y eso es interpretación de verdad. La crítica especializada, que en un 53% ha valorado positivamente la película según Rotten Tomatoes, coincide en este punto casi unánimemente.

Christoph Waltz como el sacerdote investigador es la otra gran baza. Waltz tiene ese don extraño de parecer absolutamente convencido de lo que hace aunque lo que hace sea absurdo. Su cazador de vampiros es metódico, culto y tiene un punto de humor seco que alivia la película en los momentos en que la solemnidad amenaza con ahogarla.

La combinación de los dos da lugar a escenas de una tensión inusual, donde el debate teológico y el enfrentamiento físico se mezclan sin que ninguno de los dos resulte ridículo. Y eso, con este tipo de material, es un logro.

Dos hombres con abrigos oscuros y un joven examinan algo con lupa a la luz de un farol en una escena nocturna

El afrancesamiento: una característica, no un defecto.-


Besson rueda en París. Besson tiene 52 millones de dólares de presupuesto, lo que en producción europea es una cifra respetable, y los invierte en fotografía inspirada en la técnica flamenca del claroscuro, en 550 trajes diseñados a medida y en efectos visuales que, sin ser espectaculares, cumplen con dignidad. El resultado tiene una personalidad visual inconfundiblemente francesa: elegante, a veces excesiva, nunca sucia.

El afrancesamiento es abrumador, sí, pero lo veo como una opción estética legítima. La Exposición Universal de París queda desaprovechada como contexto narrativo, y es una pena porque hubiera dado a la película una dimensión histórica que le falta. Más allá de alguna feria en las calles y el gran ambiente parisino de la época, el evento no tiene relevancia real en la trama. Pero ese ambiente Besson lo fotografía con genuino cariño, y eso se nota.

Tres personajes con sombreros victorianos en una feria iluminado, uno apunta con una escopeta mientras los otros observan

Para poner en perspectiva el presupuesto: la película necesitaría recaudar aproximadamente 130 millones para alcanzar el punto de equilibrio. Con 41 millones en taquilla mundial hasta la fecha, Drácula apunta a ser un fracaso financiero, pero eso no dice nada sobre su valor como película. Dice algo sobre las expectativas del mercado y sobre lo difícil que es vender una historia de amor gótica en un mundo que prefiere superhéroes. Valoro más una película que se atreve a ser lo que es que una que triunfa siendo lo que el mercado le pide.

Lo contrario de esta apuesta es el Drácula 3D de Dario Argento a la que le dediqué una reseña hace años, y que intentó ser clásico con medios de saldo y acabó siendo involuntariamente cómico. Besson, con sus limitaciones, no comete ese error.

Pareja disfrutando de su amor

Lo que no funciona: el tono y los tiempos.-


No todo son elogios. La película tiene un problema de tono que quiero señalar. Besson mezcla drama romántico, terror gótico y momentos de humor seco que no siempre casan bien entre sí. Hay secuencias de una intensidad emocional genuina seguidas de escenas que parecen de otra película, y ese vaivén hace que la experiencia global resulte irregular.

Las dos horas de duración se sienten en el tramo central, que pierde el pulso que tienen el principio y el final. Y la Exposición Universal, que debería haber sido el escenario perfecto para mostrar el choque entre la modernidad del siglo XIX y la antigüedad maldita del Conde, aparece como decorado de feria y nada más. Una oportunidad perdida que hubiera costado poco aprovechar.

Pareja abrazada en salón con lámparas de araña y figuras de gárgolas, ella en vestido claro y él en traje oscuro

Una historia eterna que merece ser contada de nuevo.-


Hay un argumento que he escuchado en ocasiones y que no me convence: el el de que el mito de Drácula ya está agotado, que no queda nada que decir sobre él. Lo mismo podría decirse de Romeo y Julieta, y seguimos haciendo versiones. El mito sobrevive porque toca algo que no cambia con los siglos: el miedo a la muerte, el deseo de inmortalidad, el amor que se niega a aceptar el final. Eso no caduca.

Besson lo entiende así, y tiene razón. Quería hacer la historia de un hombre que espera cuatrocientos años el regreso de su mujer. Eso, reducido a su esencia, es lo que tiene. Y funciona.

Anciano vampiro de peluca blanca y piel arrugada sentado en un trono tallado con velas al fondo

No es una obra maestra. Es una película que se ve con placer, que tiene momentos de verdadera emoción, que propone una lectura filosófica del personaje más interesante de lo que aparenta, y que tiene el valor de ser diferente a lo que el mercado pedía. Si te gustó "Las Vidas Posibles de Mr. Nobody" o cualquier cine que use el fantástico para hablar del amor y del tiempo, esta película tiene algo para ti.

Si vas buscando el terror de los clásicos de la Hammer o la épica visual de Coppola, es mejor que ajustes las expectativas antes de sentarte. Besson no quiere hacerte pasar miedo. Quiere hacerte sentir algo. Y lo consigue, aunque no siempre con la precisión que merecería el material.

¿Crees que el mito de Drácula sigue teniendo algo que contar, o es un personaje que el cine ha explotado hasta el agotamiento? ¿Y dónde cae para ti la línea entre versión personal y traición a un clásico? Los comentarios son el sitio.


Valoración #JaviFlim: 6,0


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