
Hay películas que no ves solo. Las ves con quien eres en ese momento, con lo que sientes, con el mundo que tienes dentro. Proyecto Brainstorm la vi por primera vez cuando estaba muy enamorado, y eso lo cambió todo. No solo me impresionó lo que proponía la película, sino que me golpeó donde más duele y más se disfruta: en esa necesidad urgente, casi física, de hacer que la persona que quieres entienda exactamente lo que hay dentro de ti. Volver a verla en 2021 es volver a ese Javier de los veintitantos, y de eso solo quiero quedarme con lo bueno.
La idea que lo cambia todo.-
Imagina una máquina capaz de registrar sensaciones, emociones, sentimientos, esperanzas y sueños. Imagina que todo eso se puede grabar en una cinta y transferir directamente de una mente a otra, haciendo que otra persona reviva en primera persona lo que tú sentiste.
Esa es la base del guion de Proyecto Brainstorm (1983), y cuando la vi por primera vez no lo sabía. Me pilló sin red. La pregunta que me hice entonces no era técnica ni científica: era completamente humana. ¿A cuántas personas en tu vida has querido hacer sentir exactamente lo que tú sentías, y no has podido porque las palabras se quedan cortas y el otro no quería o no podía escuchar?
A los veinte años NECESITABAS transmitir tus sentimientos, sobre todo a quien amabas, y con quien habías discutido por alguna tontería que se podía explicar con mayor o menor facilidad. Sin embargo la parte contraria se negaba a escuchar y mucho menos a entender lo que le querías contar. Esa es una de las grandes tragedias silenciosas de querer a alguien.

La tecnología de los 80 vista desde 2021.-
La película se estrenó en 1983 y refleja con mucha fidelidad la tecnología de su época: monitores de tubo, grandes consolas, muchos cables y ese aire de laboratorio universitario que tenía todo lo relacionado con la informática entonces. También muestra algo fascinante: las previsiones que ya existían sobre miniaturización y capacidades futuras, muchas de las cuales se irían cumpliendo en las décadas siguientes.
El dispositivo que desarrollan los protagonistas se parece a un magnetofón o a una unidad de vídeo de pulgada. Graba en una cinta dorada de 14 centímetros tus sensaciones completas, con toda su carga emocional y sensorial, para que otro pueda reproducirlas y vivirlas como si fueran propias. Las implicaciones son infinitas, y la película las va desplegando con inteligencia.
Si te subes a una montaña rusa y te grabas, otro puede sentir exactamente lo que tú sentiste, sin haberlo vivido. También podrías tú mismo revivir tus propios recuerdos años después, no como imágenes sino como experiencia completa. Parte de mi trabajo en Producciones Multivisuales tiene mucho que ver con esto: si volviendo a ver una cinta VHS de hace 30 años se despiertan olores, sonidos y sensaciones del pasado, imagina lo que supondría tener grabadas esas experiencias a nivel emocional para poder volver a vivirlas.

La trampa de los proyectos financiados.-
La película avanza en el desarrollo de todo el sistema necesario para su distribución y, como ya vimos reflejado con mucho humor en La Teoría del Big Bang, cuando una universidad financia tu proyecto, ese proyecto deja de pertenecerte. Lo que empieza como un avance para la humanidad acaba siendo codiciado por intereses militares e institucionales que quieren convertirlo en algo muy diferente a lo que sus creadores imaginaron. No es una reflexión nueva, pero en 1983 ya sonaba a advertencia.
La película también explora las vulnerabilidades de los sistemas informáticos complejos y deriva, hacia el final, en la búsqueda de las grandes respuestas de la existencia. Hay un matiz filosófico que te deja pensando mucho después de que terminen los créditos.
Natalie Wood, Christopher Walken y una escena que no olvidaré.-
Natalie Wood y Christopher Walken son dos actores que siempre me han gustado mucho, y aquí están los dos en estado de gracia. La película fue el último trabajo de Natalie Wood, que murió misteriosamente en noviembre de 1981, casi dos años antes del estreno, sin llegar a verla en pantalla. Eso añade una melancolía extraña a todo el visionado, sabiendo lo que sabes.
De ella me vino a la memoria otra película que me gustó mucho y que tengo pendiente de comentar en el blog: Meteoro (1979), con Sean Connery, una producción que vale la pena recuperar.
La escena que se me quedó grabada para siempre es aquella en la que Walken graba lo que siente por Wood para ponérselo a ella. Para que ella lo sienta desde dentro, sin filtros, sin palabras que se malinterpreten, sin la distancia que siempre hay entre lo que uno siente y lo que el otro recibe. A los veintitantos, eso era exactamente lo que hubiera querido tener. Luego te haces mayor, te importa un poco menos lo que piensen los demás y aprendes a vivir con esa distancia. Pero el recuerdo de querer tanto y no poder explicarlo bien, ese no desaparece.

Al final la película te deja buen sabor de boca, con un planteamiento optimista que no traiciona todo lo que ha construido. Y yo me quedo con eso: con la película, con la escena de Walken, y con aquel Javier de los veintitantos que hubiera dado cualquier cosa por tener una cinta dorada de 14 centímetros.
¿Hay alguna película que hayas visto en un momento especial de tu vida y que ya no puedas ver de otra manera? Me gustaría que me lo contaras.
Valoración #JaviFlim: 8,5

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