
Imagina que cada vez que miras a alguien, ves flotando sobre su cabeza su nombre completo, dirección, historial laboral, likes en redes sociales, últimas compras. Ahora imagina que esa persona ve exactamente lo mismo sobre ti. Y que todo eso queda grabado. Para siempre. Sin opción a olvidar, sin derecho al anonimato. Bienvenido al mundo de Anon, y bienvenido, de paso, al futuro que nos están construyendo mientras discutimos sobre otras cosas.
Andrew Niccol —el mismo que nos regaló Gattaca hace más de dos décadas— vuelve a la ciencia ficción distópica con una película que, seamos honestos, no va a ganar ningún Oscar. Cinematográficamente hablando, se queda en un aprobado raspado: correcta, funcional, sin alardes. Pero hay algo en ella que te deja intranquilo, como cuando sabes que algo malo va a pasar y todos los demás siguen en la fiesta. El mensaje no es futuro lejano, es presente incómodo. Y eso, amigos, vale más que mil piruetas de cámara.

