
El Timing Perfecto para una Serie Incómoda.-
Estrenar una serie sobre una pandemia devastadora en pleno 2021, mientras la mayoría llevaba la mascarilla en el bolsillo y se apartaban instintivamente cuando alguien tosía, fue una decisión arriesgada. Estación Once llegó en el momento exacto en el que algunos tratábamos de ayudar a esa mayoría obediente y flipábamos con las distopía que estábamos viviendo y, sin embargo, aquí está esta miniserie de HBO Max, adaptación de la novela de Emily St. John Mandel publicada en 2014 (cuando algo como el COVID era inimaginable), recordándonos que el miedo a perderlo todo nunca ha sido ciencia ficción.
Ya habíamos visto cómo el cine nos advertía. Películas como Contagio (2011) nos mostraron paso a paso cómo se gestiona una pandemia real, con científicos investigando líneas posibles para frenar el desastre. O Inmune (2020), que llegó en plena plandemia mostrando un futuro distópico con confinamientos eternos y pulseras amarillas para los privilegiados. Estación Once es diferente: No busca el alarmismo ni la explotación barata del miedo. Busca algo más profundo.

Patrick Somerville, que ya nos impresionó con The Leftovers, vuelve a explorar qué ocurre cuando el mundo que conocemos desaparece de golpe. Estación Once no es otra serie apocalíptica al uso. No hay hordas de zombis, ni bandas de saqueadores con mohicanos y coches tuneados. Hay algo mucho más inquietante: gente normal intentando no olvidar quiénes eran antes de que todo se fuera al garete.
Shakespeare en el Fin del Mundo.-
La Georgia Flu arrasa el planeta en cuestión de horas. El 99% de la población desaparece. Y veinte años después, un grupo de actores y músicos viaja por lo que queda de los Estados Unidos representando obras de Shakespeare. ¿Absurdo? Puede. ¿Necesario? Absolutamente.
La Sinfonía Viajera es la respuesta a esa pregunta que muchos nos hicimos durante el confinamiento: ¿Qué nos hace humanos cuando todo lo demás se ha perdido? No es la supervivencia. No es acumular recursos. Es la capacidad de crear, de sentir, de conectar con otros a través del arte. Y eso, en medio de un páramo desolado, tiene más sentido que cualquier búnker fortificado.

Mackenzie Davis interpreta a Kirsten, la protagonista adulta que vimos de niña en el caos del Año Cero. Su personaje encarna esa perspectiva del artista que algunos llevamos dentro (y que el mundo pragmático nos dice que es inútil), pero resulta que cuando todo se derrumba, son precisamente los artistas, los sensibles, los que se aferran a la espiritualidad del amor por los demás, quienes encuentran razones para seguir adelante. El presente distópico y el futuro distópico se vuelven más llevaderos desde la sensibilidad. Qué irónico, ¿verdad?
No Quiero Equivocarme de Vida y Después Morirme.-
Esta frase aparece en la serie y golpea como un puñetazo en el estómago, porque la verdad incómoda es que la mayoría vivimos vidas que no son realmente nuestras. Trabajamos para otros (jefes, clientes, el sistema), para obtener un dinero que nos quitan con impuestos. Nos hacen creer que nuestra vida nos pertenece, pero es mentira.
Estación Once nos recuerda que cualquier atisbo de libertad real, cualquier momento en que tu tiempo sea verdaderamente tuyo, es un tesoro que no deberías desperdiciar. Y cuando llega el apocalipsis (literal o metafórico), te das cuenta de que lo único que importa es si fuiste auténtico, si te atreviste a ser quien realmente eras en lugar de quien te dijeron que debías ser.
La serie utiliza saltos temporales constantes para contarnos historias de amor, incomprensión, futuros inciertos... Pasado, presente y futuro se entrelazan mostrando cómo las decisiones que tomamos antes del desastre determinan quiénes somos después de él. Y en el centro de todo, un cómic titulado Station Eleven que actúa como hilo conductor, como biblia, como recordatorio de que las historias que contamos definen nuestra humanidad.

El Arte Como Salvavidas.-
(No es cursilería, es supervivencia)
Gael García Bernal, Himesh Patel, Danielle Deadwyler y el resto del elenco construyen personajes profundos, bien interconectados en el tiempo, con interpretaciones que transmiten esa fragilidad de quien ha visto el mundo desmoronarse, y aunque la serie tiene su cuota de inclusión contemporánea (es 2021, era inevitable), los personajes están lo suficientemente bien construidos como para que no chirríe ni distraiga de la historia.
Hay algo más que destaca poderosamente: la banda sonora. En muchas ocasiones es soberbia, eleva las escenas sin caer en el dramatismo fácil. Y es que la música, como el teatro, como el arte en general, no es un lujo cuando todo se acaba. Posiblemente es lo único que nos mantiene cuerdos. Es el pegamento que nos une cuando hemos perdido todo lo demás.

La serie no se recrea en el horror de la pandemia. No hay escenas de multitudes desesperadas ni catástrofes espectaculares. Simplemente, los personajes se van quedando solos. Y en esa soledad es donde florece la necesidad de abrazar, de sentir, de amar. Porque independientemente del dolor intrínseco a la pérdida, centrarse en el amor es la única forma de conseguir superación.
Es aquí donde Estación Once se distancia de esa visión fría y tecnológica del futuro. No estamos ante M3GAN, donde la inteligencia artificial sustituye las relaciones humanas y una muñeca reemplaza el abrazo de un ser querido. Aquí no hay sustitutos, solo humanos que se aferran a su humanidad a través del arte, de Shakespeare, de las historias que nos recuerdan quiénes somos.
La Incomodidad de Vernos Reflejados.-
Ver Estación Once fue extraño. Esos momentos donde alguien tosía y todo a su alrededor se derrumbaba nos resultaban dolorosamente familiares. Veíamos en pantalla nuestros propios miedos recientes, nuestras paranoias. Y sin embargo, la serie consigue algo notable: no te deja hundido en el pesimismo.

Te recuerda que los abrazos y el cariño tienen más fuerza de lo que imaginas, que al final todos nos necesitamos, que la cultura nos hace humanos, nos mantiene vivos por dentro y que equivocarte de vida antes de morirte es el único fracaso que realmente importa.
No es una serie fácil. Su estructura narrativa enrarecida, sus saltos temporales, su tono casi surrealista, descolocan. Es como The Leftovers en ese sentido: o conectas con ella o te desespera, pero si le das una oportunidad, si te permites sentir en lugar de solo consumir, encontrarás una de las reflexiones más honestas sobre qué significa ser humano cuando todo lo demás ha dejado de importar.

El Mensaje que Nadie Quiere Escuchar.-
(Pero que Todos Necesitamos)
Estación Once es incómoda porque nos obliga a preguntarnos qué quedaría de nosotros si todo desapareciera mañana. ¿Qué hemos construido que valga la pena preservar? ¿A quién hemos amado de verdad? ¿Qué arte, qué belleza, qué verdad hemos aportado al mundo?
La serie no ofrece respuestas fáciles, pero sí nos da una certeza: cuando todo se derrumba, lo único que permanece es lo que llevamos dentro. Nuestra capacidad de crear, de sentir, de conectar con otros seres humanos. Y eso, curiosamente, es lo que el sistema en el que vivimos intenta constantemente arrebatarnos. Ya lo vimos en El Colapso, donde el desmoronamiento del sistema dejaba al descubierto qué es realmente esencial y qué no lo es. La supervivencia no es solo física, es también emocional y espiritual.

Así que tal vez el verdadero apocalipsis no sea una pandemia que arrasa el 99% de la población. Tal vez sea vivir una vida que no es tuya, morir sin haber sido realmente tú, dejar que te roben el tiempo que te pertenece hasta que ya no quede nada.
Estación Once nos susurra al oído: no esperes al fin del mundo para despertar, porque cuando llegue, ya será demasiado tarde para corregir el rumbo.
¿Estás viviendo tu vida o la vida que otros diseñaron para ti? ¿Qué quedaría de ti si mañana todo desapareciera? ¿Valdría la pena preservarlo?
Valoración #JaviFlim: 7,0

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