
Hay algo profundamente revelador cuando una serie de 300 millones de dólares logra que consultes el móvil durante las escenas de acción. No es aburrimiento exacto —la imagen se mueve, las cosas explotan, la música sube—, pero tu cerebro desconecta porque intuye que nada de lo que está pasando importa realmente. Citadel es ese tipo de entretenimiento: ocupa tu tiempo sin habitar tu memoria.
Terminé los seis episodios con la misma sensación que cuando acabas de comer palomitas en el cine: has masticado mucho, has tragado bastante, pero sigues con hambre. La serie cumple su función básica —pasar el rato—, pero deja un vacío extraño. No te enfada, no te decepciona violentamente. Simplemente... se evapora.



