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Voy a empezar con una confesión: llevo tiempo mirando el cine con lupa. No es manía, es higiene mental. Cuando la desclasificación de expedientes sobre fenómenos aéreos no identificados ya no es exclusiva de los foros de internet y empieza a colarse en los telediarios con una naturalidad pasmosa, algo en mi cabeza hace clic cada vez que veo una película sobre abducciones y me pregunto: ¿esto está aquí para informar o para vacunar?
Abducción (título original: Proximity, 2020) es una película que prometía mucho y cumple a medias. No es tan mala como dicen algunos críticos, pero tampoco tan buena como merecía ser. Y lo más interesante no está en sus aciertos, sino en lo que elige hacer con su premisa.
El comienzo que merecía otra película.-
Arranca en Alaska. Finales de los años setenta. Un leñador, un cielo que no debería estar haciendo lo que hace y una sensación física, en el estómago, de que aquí está pasando algo de verdad. Los efectos visuales en ese momento están a la altura y hay una textura de misterio genuino que te engancha antes de que puedas ponerte en guardia.
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Después conocemos al protagonista contemporáneo: Isaac (Ryan Masson), un joven científico de la NASA con sus propios demonios físicos y emocionales, al que su terapeuta anima a llevar un videoblog personal. El chico graba su vida, sale al campo con su cámara antigua y un día algo cae del cielo cerca de Los Ángeles. Lo graba. Desaparece varios días. Vuelve. Y nadie le cree.
Esa premisa, en sí misma, es poderosa. Porque no habla solo de extraterrestres, sino de algo mucho más cotidiano y mucho más inquietante: la absoluta incapacidad de nuestra sociedad para aceptar cualquier testimonio que no encaje con el relato oficial. Y eso, en 2020 y desde luego en 2026, ya no es solo ciencia ficción.
El primado negativo de baja resolución.-
Aquí viene lo que me incomoda, y no es un detalle menor. La película arranca con algo que podría ser real, algo que roza lo creíble, y luego decide dinamitarlo con androides de serie B y una agencia gubernamental cuyos responsables parecen sacados de un telefilm de sobremesa. Incompetentes con credenciales oficiales y robots de la señorita Pepis que se supone que deben darte miedo.
Conozco bien el concepto de primado negativo: meterle al espectador una verdad entre argumentos ridículos para que, cuando alguien te cuente algo parecido en la vida real, tu memoria ya lleve una etiqueta de "esto es de película mala". No digo que Eric Demeusy (el director) lo hiciera con malicia premeditada, probablemente fue simplemente falta de presupuesto y de ambición narrativa. Pero el efecto es el mismo: cuando la película se pone seria, ya has sonreído demasiadas veces como para volver a tomártela en serio.
Y eso es más peligroso que un mal efecto especial. Eso es sembrar la semilla de la burla donde debería haber sembrado la de la duda.
Santo Tomás tenía razón, y eso es un problema.-
Mi abuela tenía una frase que vale más que muchos análisis académicos: si Jesucristo volviera, lo volveríamos a crucificar porque nadie le creería. Pues lo mismo ocurre con cualquiera que diga haber sido abducido. La misma sociedad que consume sin pestañear ciertos titulares diseñados para crear miedo o asombro, esa misma sociedad exige evidencia física, tangible e irrefutable cuando alguien cuenta algo que sale del marco aceptado.
Isaac no es tratado en la película como un lunático peligroso, sino como algo más humillante todavía: como un fenómeno de redes sociales, como un caso de estudio, como un chiste. Ahí hay una verdad que duele, porque esa ridiculización no es un accidente cultural. Es un mecanismo. Funciona porque es eficiente. Y la película lo detecta, lo señala y luego... no sabe qué hacer con ello.
En OVNI: No Estamos Solos veíamos algo similar: el protagonista que sacrifica carrera, relaciones y salud mental por defender lo que vio con sus propios ojos. La diferencia es que aquella película, con sus limitaciones, tenía algo que decir sobre el acto de creer. Abducción se queda a las puertas de ese territorio y prefiere derivar hacia la persecución y el relleno de acción.
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Una mezcla de épocas que no termina de cuajar.-
Uno de los elementos más curiosos de la película es su relación con el tiempo. Tecnologías de los ochenta conviviendo con referencias modernas, una estética visual que navega entre décadas sin terminar de anclarse en ninguna. En ocasiones eso tiene algo de encantador, como un homenaje descarado al cine de ciencia ficción de otra era. Pero en otras simplemente desorienta, y no de la manera productiva en que una buena película de género puede desorientar.
La banda sonora no ayuda. No es que sea mala como concepto, es que está mal colocada. Hay momentos en los que lo que suena no tiene nada que ver con lo que ocurre en pantalla y eso rompe la inmersión de una manera que resulta difícil perdonar. En el cine, la música es emoción vehiculada. Cuando falla, todo lo que la rodea se tambalea.
Y luego está el problema de la duración. Casi dos horas para una historia que, bien contada, cabría con holgura en noventa minutos. El relleno no es exactamente aburrido, pero ocupa el espacio donde debería haber profundidad. Es como tener hambre y que te sirvan pan mientras la carne se enfría en la cocina.
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Lo que salva al barco de hundirse del todo.-
Dicho todo esto, Abducción tiene cosas que funcionan, y hay que reconocerlo. Los efectos visuales son notablemente buenos para el presupuesto que maneja. Demeusy tiene experiencia en efectos especiales para series como Stranger Things y se nota: hay secuencias donde el director sabe hacer cine de verdad. El primer acto tiene ritmo y misterio. El desenlace recupera algo del pulso inicial.
Ryan Masson, con toda la torpeza social del personaje y su obstinación casi patológica por ser creído, resulta genuinamente simpático. No es un héroe, es un friki con razón. Que es, a veces, la combinación más incómoda que existe.
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El elefante en la sala del género.-
El fenómeno OVNI, las abducciones, los testimonios de personas que dicen haber vivido experiencias inexplicables: todo esto lleva décadas siendo material de entretenimiento. Expediente X construyó sobre ello una mitología compleja que, en sus mejores momentos, era genuinamente inquietante. V: Los Visitantes nos contó muchas cosas disfrazadas de ciencia ficción que luego resultaron tener un doble fondo interesante. La diferencia entre esas series y Abducción no es solo de presupuesto. Es de intención.
Y en el contexto actual, donde los gobiernos están desclasificando expedientes y donde personas con credenciales sólidas hablan públicamente de cosas que hace diez años habrían supuesto el fin de su carrera, la tibieza narrativa de esta película se siente como una oportunidad perdida de hacer algo que importara.
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Entre ridiculizar y profundizar hay un territorio enorme que el cine puede explorar. Abducción asoma la cabeza por ese territorio, lo ve, respira el aire y luego da media vuelta porque parece que fuera hay androides de cartón piedra esperándola.
Vale la pena verla una vez, especialmente si el género te interesa. Los primeros veinte minutos y el desenlace justifican el tiempo. El resto es ciencia ficción de compañía, que no es poco pero tampoco es suficiente. Oportunidad desaprovechada que, eso sí, no es tan mala como algunos dicen. Y eso, viniendo de mí, ya es un cumplido.
¿Crees que el cine de ciencia ficción tiene la responsabilidad de tomarse en serio los fenómenos que los gobiernos ya no pueden ignorar, o prefieres que se limite a entretener sin comprometerse con ninguna verdad incómoda? Tu opinión, en los comentarios, vale mucho más que la de cualquier crítico oficial.
Valoración #JaviFlim: 5,5

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