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miércoles, 27 de mayo de 2015

Teorema Zero (The Zero Theorem, 2013)

Cartel oficial de Teorema Zero (2013) con Christoph Waltz y el universo proyectado en su cabeza, dirigida por Terry Gilliam

Hay películas que no te entretienen de la manera habitual. No te dan acción, ni giros de guion inesperados, ni una historia de amor que te atrape. Te dan algo más incómodo: un espejo. Teorema Zero es de esas. Si te dejas llevar por su laberinto visual y filosófico, acabas preguntándote cosas que quizás preferirías no preguntarte. Y eso, en cine, vale mucho.

Terry Gilliam vuelve a su territorio.-


Terry Gilliam nos tenía un poco abandonados. Después de obras como Brazil o Doce Monos, la espera para encontrarlo en plena forma se hacía larga. Teorema Zero no llega a la altura de esas dos referencias, y él mismo lo sabe, pero es inconfundiblemente suya. El mundo que construye es ese laberinto corporativo, ruidoso, saturado de color y de sinsentido, que solo Gilliam sabe levantar con tanta coherencia interna. Un universo donde todo parece diseñado para que nadie piense demasiado, y donde el que se atreve a hacerlo acaba solo, encerrado en una iglesia reconvertida en vivienda, esperando una llamada que no llega.

Christoph Waltz como Qohen Leth trabajando en su traje rojo en el caótico espacio de Teorema Zero (2013)

Si conoces su obra, reconocerás el territorio. Si es tu primera película de Gilliam, prepárate para una experiencia que se parece más a un sueño perturbador que a una historia convencional.


Qoh y el peso de no saber para qué sirves.-


El protagonista se llama Qohen Leth (con "h" al final, como él mismo se encarga de aclarar con obsesión) y está interpretado por un Christoph Waltz que hace aquí algo difícil: dar vida a un personaje que habla de sí mismo en plural. "Nosotros" es él. Solo él. Esa pequeña rareza lingüística no es un capricho del guion, es la clave de todo lo que la película quiere decir sobre la identidad, la soledad y la necesidad de pertenecer a algo, aunque sea a uno mismo en versión múltiple.

Qohen trabaja para una corporación omnipresente resolviendo el llamado "Teorema Zero", un problema matemático que, si se resuelve, demostraría que todo, absolutamente todo, carece de sentido. Es decir: le pagan para demostrar que la vida no tiene propósito. Él lo acepta porque la recompensa prometida es la libertad, una especie de jubilación existencial que le permita por fin esperar esa llamada telefónica que, está convencido, le revelará el sentido de su propia existencia. La paradoja es brutal y Gilliam la construye con la sutileza de quien lleva décadas pensando en estas cosas.

Melanie Thierry como Bainsley, uno de los personajes que irrumpen en la vida de Qohen en Teorema Zero (2013)

Un mundo corporativizado que no es tan ficción.-


Lo que hace que Teorema Zero resulte inquietante más allá de su estética es que su mundo no parece tan lejano. Un sistema diseñado para mantenerte ocupado, productivo y distraído, en el que la búsqueda de sentido es un lujo que el sistema no puede permitirse que encuentres. La corporación no es malvada en el sentido clásico, es algo peor: indiferente. Y esa indiferencia organizada, esa maquinaria que te come el tiempo a cambio de una promesa de descanso futuro, resuena de una manera que cuesta sacudirse.

Si el territorio de los sistemas que controlan sin que te des cuenta te genera la misma incomodidad que a mí, en Autómata encontrarás una reflexión parecida desde un ángulo más cercano a la ciencia ficción clásica. Y si lo que te interesa es el laberinto burocrático llevado al absurdo más oscuro, la propia Brazil de Gilliam sigue siendo la referencia ineludible del género.

Melanie Thierry como Bainsley en la iglesia reconvertida en vivienda de Qohen en Teorema Zero (2013)

Entre el videoarte y el cine.-


Hay momentos en Teorema Zero que se parecen más a una pieza de videoarte que a una película convencional. Escenas que existen por su belleza visual, por la textura de sus colores y sus personajes extraños, más que por su función narrativa. Eso puede desesperar a quien busca una historia con principio, nudo y desenlace claros. Pero si lo asumes como parte del lenguaje de Gilliam, si te permites perderte un poco en su mundo sin exigirle que te lleve de la mano, la experiencia tiene una riqueza que pocas películas de su año pueden ofrecer.

Confusa, filosófica, a veces innecesariamente florida. Y aun así, hermosa. Me ha gustado, y eso que no es para tirar cohetes.

Christoph Waltz como Qohen y Melanie Thierry como Bainsley juntos en la iglesia de Teorema Zero (2013)

¿Eres de los que disfrutan con este tipo de cine que te descoloca o prefieres que las películas te lleven sin tantos rodeos? Me gustaría leer tu opinión.


Valoración #JaviFlim: 7,0


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