
Hay películas que te hacen reír. Hay películas que te hacen pensar. Y luego están esas películas que intentan hacer ambas cosas pero acaban no haciendo ninguna de las dos con suficiente valentía. Dios mío, ¿pero qué te hemos hecho? (Qu'est-ce qu'on a fait au Bon Dieu?) pertenece a esta última categoría.
El racismo de salón que todos conocemos.-
Aunque soy un gran aficionado a la risa, no lo soy tanto al cine de comedia. Casi siempre me llevo una decepción. Exceptuando algunas películas de Woody Allen (las del principio sobre todo), a los Monty Python y a las locuras de Aterriza como Puedas, es difícil sacarme una buena risotada. Me divierten, claro, y si las veo en compañía, mejor que mejor, pero siempre he preferido un programa de genios como Martes y 13 que una comedia. Me hacen reír más.
Esta comedia francesa plantea una premisa que, sobre el papel, promete mucho: un matrimonio conservador, católico y acomodado ve cómo sus cuatro hijas se van casando, una tras otra, con hijos de inmigrantes. Un musulmán argelino, un judío sefardí, un banquero chino y, para rematar, un marfileño. La tensión que surge entre los padres y sus yernos, y entre los propios yernos, debería funcionar como un espejo incómodo de nuestros prejuicios más arraigados.
Debería. Pero no lo hace.

La pregunta que nadie quiere responder.-
"No soy racista, pero..." ¿Cuántas veces lo habré oído? De hecho, desde mi punto de vista hay que ser capaz de contestar sinceramente a la pregunta: ¿y si tu hermana, tu hija o tu sobrina se casa con alguien de otra raza, otra religión, otra cultura? La respuesta determina si lo eres o no, sin término medio. Sin atajos. Sin excusas.
Lo que la película hace es reconocer esa incomodidad, sí, pero la diluye en risas fáciles y en un final tan previsible como reconfortante. Todo se arregla. Todo se perdona. Todo vuelve a su sitio. Y ahí está el problema: la vida real no funciona así. El racismo cotidiano, ese que se oculta detrás de la sonrisa educada y la frase "qué bien integrado está", ese no desaparece con un abrazo emotivo en una boda.
Lo que esta película no es.-
Evidentemente, esto no tiene nada que ver con la gran Adivina quién viene esta noche, aquella obra maestra que sí tuvo el coraje de poner el dedo en la llaga en pleno 1967. Aquella película incomodaba porque sus personajes no tenían escapatoria fácil. Esta, en cambio, se mantiene siempre dentro de los límites de lo "políticamente correcto", de lo aceptable para todos los públicos.
Y es entretenida, no lo niego. Cumple perfectamente su misión de alejarte de la realidad durante un rato. El fenomenal éxito de taquilla que cosechó en Francia (más de 12 millones de espectadores) así lo demuestra, pero personalmente no puedo darle una nota mejor, precisamente porque no me ha sacado más que alguna sonrisa esporádica y, sobre todo, por la banalidad con la que se trata un tema que da para mucho más.
El peligro de normalizar lo superficial.-
Hay algo particularmente preocupante en películas como esta. No es que sean malas per se, es que contribuyen a crear la ilusión de que el racismo es solo un malentendido familiar, un problema de abuelos anticuados que se resuelve con buena voluntad. Y no lo es. El racismo es estructural, sistemático, y tiene consecuencias reales en el acceso al empleo, a la vivienda, a la igualdad de oportunidades.
Sin embargo Dios mío, ¿pero qué te hemos hecho? prefiere quedarse en la superficie, donde es seguro reír. Donde nadie se siente verdaderamente cuestionado. Todos los yernos son profesionales exitosos —abogado, empresario, banquero, actor—, todos están perfectamente "integrados". La película no se atreve a mostrar la inmigración real, la que no viene con título universitario y cuenta bancaria. La que incomoda de verdad.
Creo que se puede profundizar más manteniéndose en el lado del humor sin ser tan correcto. Sin miedo. Pero para eso hace falta valentía, y esta película prefirió la comodidad del consenso.
En busca de la risa honesta.-
A lo mejor hay que ser francés para identificarse más con estas situaciones, aunque no lo creo. Lo que creo es que el humor verdadero, el que cala hondo, es el que nace de mirar de frente nuestras contradicciones más profundas. No de esquivarlas con guiños cómplices.
En una Europa de principios del siglo XXI cada vez más diversa y, paradójicamente, más fragmentada, necesitamos arte que nos haga pensar mientras reímos. No entretenimiento que nos permita reír sin pensar.
¿Y tú? ¿Crees que el humor puede enfrentar el racismo sin caer en la banalización, o es inevitable que termine suavizando lo que debería incomodar? Me gustaría saber qué piensas. Déjame un comentario.
Valoración #JaviFlim: 5,0

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